
Existe una guardia pretoriana de la sábana santa que mientras más pruebas les demuestren que es una falsificación, pues más crece su fe ciega en la cosa. Les pueden dar mil pruebas, ó dos mil ó tres mil, que ellos buscan la explicación más inverosímil para continuar manteniendo viva la llama de la fe en la venerable reliquia y de paso ir celebrando congresos, comidas cardenalicias y devotos besamanos a su santidad. Es lo que en matemáticas se llama la proporción directa, es decir, a más, pues yo más.
Y es que en la edad media proliferó una boyante industria de las reliquias en Europa. Tal era el volumen de la piadosa demanda de reliquias que las factorías no dejaban de producir, ¡oye! Un negociazo. Pero también había demanda de reliquias de mártires, vamos que se privaban por tener un cacho cuerpo de un mártir. Así hay dispersas por todas partes preciosísimos pedaços de cuerpos exhibidos de la manera más macabra posible, brazos, pies, cabezas, cuerpos incorruptos recubiertos de cera, para que no se vea lo que hay debajo, momias y toda una variopinta colección de huesos. Las disputas por pedazos de santos llegó hasta el uso del garrote para que los venerables restos no descansaran en suelo extraño. Así ocurrió en Francia, entre los habitantes de Poitiers y los de Tours que mantuvieron una larga reyerta por la posesión del cuerpo de San Martín.
Pero sobre las reliquias materiales, se puede decir sin temor a errar que podría haber leños de la crucifixión de nuestro señor, dispersos por todo el orbe cristiano suficientes para una cruz del tamaño de torre Eiffel. Una ciudad que se preciara debía tener sus vitrinas repletas de exuberantes reliquias con las que competir con la ciudad vecina. ¡Larga vida a la competitividad! Y si no, se dan una vuelta por la “Saint Chapelle” de París, dedicada precisamente a esto a exhibir el poderoso arsenal de reliquias del rey francés Luis IX el santo. Circulaban reliquias de todo tipo, espinas de la corona, trozos de la túnica, copones e incluso ¡oh gracia! Prepucios del divino infante. Juntando todas ellas se podría haber conformado una considerable corona de espinas, digo más que una corona, un completo zarzal; ó una túnica de la talla del Cristo redentor del pan de azúcar de Río de Janeiro; Copones para una vajilla digna de una paella popular, y del divino prepucio mejor no hablamos. En otro artículo expondremos más concretamente sobre la sábana santa de Turín en la que se dan los elementos más sobresalientes del piadoso relicario, no tienen desperdicio. Recomiendo en éste caso los libros que al respecto tiene publicados Juan Eslava Galán.
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